Camaradas y compañeros, de Gerardo Leibner, es la una importante investigación académica sobre el Partido Comunista del Uruguay entre 1941 y 1973. Publicada por Trilce en 2011, reúne en un volumen dos tomos: La era Gómez (1941-1955) y La era Arismendi (1955-1973).
Leibner, historiador de la Universidad de Tel Aviv, hijo de militantes comunistas que debieron exiliarse en 1975, reconoce que no es “un extraño” a las personas que estudia y discute con franqueza lo que esa cercanía le dio —acceso, confianza de los entrevistados, familiaridad con los códigos de la cultura partidaria— y lo que le exigió en términos de distancia crítica. Esa reflexión define la apuesta del libro, que es hacer una historia social de los militantes y no una historia de la “línea” ni de la cúpula. Para ello el autor combina la prensa partidaria (Justicia, Verdad, El Popular, la revista Estudios), archivos del movimiento comunista internacional en Ámsterdam, Roma y Milán, y una treintena de entrevistas con veteranos y veteranas. Presta especial atención a materiales “de baja carga política” —páginas deportivas y sociales, crónicas de bailes, festejos y actos barriales— para reconstruir lo que llama la “ideología social” de los comunistas: la manera, no siempre formulada en términos doctrinarios, en que miraban la sociedad en la que actuaban.
La pregunta que organiza la obra es por qué el PCU llegó a dos extremos que ningún otro partido comunista de América Latina reprodujo: el encierro sectario de comienzos de los cincuenta y la amplitud pragmática de los sesenta. El autor descarta tanto la explicación personalista —Gómez contra Arismendi—, que considera la más repetida por los propios comunistas, como la que reduce al partido a un reflejo de los virajes soviéticos. En el primer tomo muestra que bajo Gómez convivieron prácticas de secta —culto al secretario general, depuraciones de “titistas” en sindicatos y agrupaciones estudiantiles en 1951, expulsión de militantes del interior— con prácticas de amplitud sindical y parlamentaria, y sostiene que el “golpe de partido” de julio de 1955 fue menos el desenlace de un debate interno maduro que una conspiración entre dirigentes que habían integrado la dirección anterior. En el segundo tomo argumenta que la transformación del PCU en un “partido de cuadros y masas”, casi hegemónico en la CNT y protagonista de la creación del Frente Amplio, no se explica sólo por la estrategia frentista de Arismendi, sino por un cambio en las prácticas cotidianas que acercó al partido a la clase obrera y a las capas medias montevideanas. Esa misma ideología social, señala, marca sus límites: el fracaso en el mundo rural —“el coro que faltó al concierto”, en alusión a la advertencia de Marx que el propio Arismendi citaba en 1958— y las tensiones entre la lógica del aparato y la línea de masas frente a la radicalización y la escalada autoritaria de fines de los sesenta.
Para el análisis del terrorismo de Estado, el libro tiene un interés particular. Aunque su período de análisis culmina en el golpe de 1973, explica cómo se formó la organización que sería el blanco principal de la represión en la segunda mitad de los setenta, y qué era exactamente lo que la dictadura intentó destruir: no sólo un partido, sino una densa trama de sociabilidad, organización y militancia cotidiana arraigada en sindicatos, barrios y centros de estudio. La conclusión de Leibner es sugerente en ese sentido: el proyecto revolucionario del PCU fue derrotado, pero su cultura política —las formas populares de “sembrar conciencia, recoger voluntades, organizar y movilizar”— sobrevivió en la resistencia a la dictadura, en el movimiento sindical y en el Frente Amplio.
El autor ha autorizado en noviembre de 2026, que su libro sea compartido en forma libre desde la plataforma sitiosdememoria.uy
